Mostrando entradas con la etiqueta relato literario. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relato literario. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de junio de 2016

La torre de Toby

-              ¿Os imagináis como serán esos países de los que nos ha hablado don Tomás? – preguntó Gonzalo al resto.
-              Pues serán como nuestro pueblo pero con tres o cuatro casas más – respondió Rizos – No puede haber mucha más gente en ningún sitio, ¡no cabrían!
-              Claro que son más grandes – corrigió Toby. ¡Mucho más grandes!
-             ¡Eso es mentira! – gritó Rizos, sacudiendo la melena por la cual recibía su apodo. Tú no las has visto. No puedes saberlo, y don Tomás tampoco, porque todos sabemos que nunca ha salido del pueblo.
Lipe, entretenido con su bocadillo, no hacía caso a la conversación. Pero sus compañeros no dejaban de discutir:
-              Si pudiéramos ver lo que hay detrás de todas estas montaña… - Se lamentaba Gonzalo
-              Tal vez algún día lo veamos… - respondió Toby, pensativo.
Toby, Gonzalo, Rizos y el bueno de Lipe vivían en un pueblo rodeado de montañas, un pueblo pequeño de no más de cien habitantes. Lipe no era más que la abreviatura de Felipe, pero desde pequeño el mismo se llamaba así y con ese mote se quedó. Tenían 10 años y, como todos los niños de su edad, iban al colegio; aunque no un colegio como el que conocemos en la ciudad.
Don Tomás, el maestro del pueblo, daba clase en su propia casa: un pequeño cortijo en las afueras del pueblo. En una de las habitaciones del cortijo había algunas mesas y sillas para los alumnos y una pizarra, donde don Tomás explicaba las lecciones, a veces demasiado aburridas. Los alumnos no se agrupaban por edades, todos los niños del pueblo iban a la misma y aprendían lo mismo que el resto. El patio trasero de la casa servía como la zona de juegos y almuerzo en la hora del recreo. Justo en ese patio era donde tenía la conversación inicial de este relato.
Los niños continuaron imaginando el futuro: ¿Cómo serían los colegios? ¿Utilizarían libros los niños? ¿Habría robots en vez de maestros? Cuando volvieron a clase, abordaron a Don Tomás con todas sus dudas y él, muy convencido, respondió a todas sus preguntas:
-          Los colegios del futuro serán muy diferentes a los de ahora, al nuestro y a todos. Los niños no necesitaran ir a clase, porque podrán ver al maestro desde casa tumbados en la cama. Las lecciones las escribirán ellos mismos, según lo que quieran saber y recordar, y todo quedara guardado en pequeños aparatos, del tamaño de un grano de arroz para no tener que llevar libros.
Los niños le escuchaban ensimismados, y alguno incluso se atrevía a aportar sus propias hipótesis sobre el futuro:
-          Además habrá unas gafas supersónicas, para poder ver cualquier lugar en cualquier momento, sin tener que moverte, gritó Lipe.
-          ¡Y lápices mágicos que escriben solos cuando hablas!, apuntó Rizos
-          Y pizarras que se borran solas, y en las que los dibujos con tiza se mueven, - continuaba Gonzalo - y que se pliegan para llevártelas casa y seguir dibujando, y que nunca se acaba el espacio para escribir, y,.., y,.., y,..
-          Tranquilo, Gonzalo  – zanjó entre risas Don Tomás – iremos hablando poco a poco de lo que nos espera en el futuro.
Toby les escuchaba atentos, sin impresionarse demasiado, pero convencido de que todo aquello de lo que hablaban, sería real en el futuro. En ese momento sonó un pequeño timbre que indicaba que el horario escolar había terminado por hoy. Todos salieron corriendo porque hoy tenían más prisa de lo habitual. Un circo había llegado al pueblo, solo estaría dos días allí, y esa tarde iban a ir ellos a ver la función.
Por la noche, cuando llegaron a casa después del circo, Toby cenó rápido y se metió en su habitación. Su madre, extrañada, se acercó a preguntarle si le pasaba algo, y él le respondió que no, que sólo quería dibujar lo que había visto en el circo. A su madre no le extrañó la respuesta porque a Toby le encantaba dibujar y, además, se le daba muy bien. Así estuvo Toby toda la noche, dibujando y dibujando, hasta las cinco de la mañana más o menos que consiguió terminar.
Al día siguiente, el sueño hizo que le costara un poco más levantarse, pero las ganas que tenía ese día de ir al colegio le ayudaron. Fue casi corriendo y sin desayunar.
Al llegar a clase de don Tomás corrió hacia la mesa del maestro y sacó de su cartera un montón de papeles dibujados. Don Tomás le pregunto qué era todo aquello.
-           ¡Una torre! – grito emocionado Toby. Una torre para mirar por encima de las montañas, y poder ver ese futuro del que nos habla usted.
-              Pero hijo…. intentó responder don Tomás.
-              ¡Tenemos que construirla!
Todos los niños y niñas de clase, menos Lipe, empezaron a reírse y burlarse de Toby. Él miró a don Tomás esperando su respuesta.
-              No podemos hacer eso – respondió el maestro
Las carcajadas continuaban entre sus compañeros, Toby empezó a llorar y salió corriendo de la escuela. Las clases siguieron ese día como siempre, entre alguna sonrisilla provocada al acordarse aun de la locura que proponía Toby.
La preocupación llegó al pueblo por la noche, cuando nadie sabía dónde estaba Toby, en su casa no sabían nada de él desde la hora del desayuno, y sus amigos ya no lo habían visto desde que se fue de clase llorando. Los días siguientes fueron días de búsqueda, pero nadie encontró a Toby.
Lipe no se lo podía creer. Culpaba a sus compañeros de que Toby hubiera desaparecido:
-              Habéis sido vosotros, por reíros de la idea de su torre – gritaba Lipe, mientras lloraba. ¿Sabéis qué os digo? ¡Que yo construiré esa torre! Lo voy a hacer por Toby y, cuando la tenga, desde arriba lo buscaré.
Lipe cogió los dibujos de Toby, donde salía el dibujo de la torre y el sitio exacto donde se debía construir, y recorrió todo el pueblo buscando carpinteros y leñadores herreros, constructores, transportistas, artesanos y todo aquel que pudiera echar una mano. Gonzalo y Rizos, por supuesto, fueron los primeros en ayudar después de haberse repuesto de la bronca de Lipe. Estuvieron trabajando semanas, y meses, siempre pensando en que aquello era lo que Toby quería, y por eso lo terminarían.
Quince meses después la tuvieron terminada, y Gonzalo, Lipe y Rizos, fueron los primeros en probar si la torre de Toby funcionaría tal y como él tenía pensado. Subieron a la primera altura y se asomaron. Sólo se veían montañas. Subieron a la segunda altura, y vieron más montañas. Así pasó con la tercera, y la cuarta, y todas las alturas hasta llegar a la última, donde ya casi tocaban las nubes. Desde allí también se veían montañas y nada más.
A lo lejos divisaron una caravana que avanzaba hacia el pueblo. Con todo el trabajo de esos meses se les había olvidado que el circo volvía de nuevo a estar por allí. Bajaron la torre, desilusionados, porque no dio el resultado que esperaban, y porque seguían sin rastro de Toby.
Mientras esperaban que se acercara la compañía del circo, los chavales discutían sobre qué podrían haber hecho mal para que no funcionara. Entonces, Rizos, gritó:
-              ¡Mirad! Ahí, en la primera carreta.
Todos se giraron hacia el comienzo de la compañía circense y dieron un grito de alegría al ver que sentado junto al primer conductor iba… ¡Toby!
Corrieron hacia él, y empezaron a abrazarle, como si tuviera premio el que más se acercaba a él y a preguntarle cosas. Él explicó lo que había pasado:
-           Cuando os reísteis de mí, me enfadé mucho porque sabía que mi idea podría salir bien. Al salir de la escuela, vi que el circo estaba preparado para marcharse, y hablé con un domador y dos trapecistas, para ver si podía irme con ellos.
-           Y, ¿dónde has estado? – preguntó Lipe, sin terminar de creerse que su amigo estuviese de nuevo aquí.
-          He ido por todo el mundo. Y desde cada sitio he mirado hacia el punto donde debíamos construir la torre y he comprobado que sí que se ve.
Sus amigos se miraron, como no sabiendo qué decir. Al final, Gonzalo, se atrevió a responderle:
-              Toby, hemos construido la torre, y desde allí no se ve nada.
-              ¡Vamos! – dijo Toby
Fueron juntos hasta la construcción, y empezaron a subir escalones. Toby les contaba cosas que había visto donde había estado: los colegios eran enormes edificios llenos de pantallas donde los alumnos hablaban entre ellos desde sus casas, no había nunca nadie en clase, porque todos trabajaban y hacían los deberes desde el sitio que quisieran.
Toby les contaba que los profesores no mandaban deberes a los niños, ni operaciones, ni listas de nombres para aprender; les pedían que jugaran, que inventaran, que lo grabaran todo con unos aparatos plateados para después enseñarlo a sus compañeros y explicarles lo que podrían aprender si ellos también lo hacían. Los lápices escribían solos, las pizarras eran infinitas, y se borraban sin ayuda; y no había gafas supersónicas, pero si unas pulseras desde las que se podía hablar y viajar a todos los lugares.
-          ¡Todos los libros juntos no ocupaban más espacio que nuestro cuaderno de escuela!, terminó Toby
Según se iban asomando a las distintas ventanas de la torre, como por arte de magia, la montaña que tenían delante de ellos desaparecía y veían un país lejano, muy distinto a su pueblo; y podían ver las imágenes tal y como se lo había contado Toby. Así fueron subiendo, y subiendo, y las montañas iban desapareciendo ante ellos poco a poco. Cuando llegaron arriba del todo los cuatro amigos, miraron alrededor y vieron que todas las montañas habían desaparecido y que podían ver todo el mundo desde allí arriba, un mundo del futuro. Entonces Toby dijo:

-              Ahora sabemos porque Don Tomás conocía cómo era el mundo de ahí afuera, el mundo del futuro. Sólo había que escucharlo e imaginar…

viernes, 8 de abril de 2016

Educación 14.0

14 de septiembre de 2124.

No hay futuro sin un pasado que lo preceda, ni pasado sin un futuro que lo recuerde. Nada surge de la nada sin que nadie, ni nada, haya dejado caer su trascendental grano de arena en este orondo y viejo reloj. Así, solamente a veces, y sin darnos apenas cuenta, viajamos de recuerdo en recuerdo, fardando de lo que hoy en día disponemos y, al mismo tiempo, anhelando esos granos de arena que van quedando en el fondo del arcaico reloj.

Pero, no lo llego a entender; mi precisión no alcanza la total comprensión de lo que está sucediendo, ¿por qué ahora? ¿Por qué me vienen a la mente estos destellos? Recuerdo que, durante mi niñez –aunque tal vez algo sobrepasada–, un sentimiento de incertidumbre vigilaba constantemente mi curiosidad, provocando, más por impaciencia que por verdadero placer, unas continuas y frustradas explicaciones que, a pesar de los enormes sacrificios de mi padre, nunca llegaron a calar en el fondo de mi hueco cerebro. ¿Qué era ese extraño cachivache? Como por arte de magia, al entrar al despacho de papá, mi mirada siempre quedaba fijada en el segundo estante del carcomido mueble marrón, herencia del abuelo. Ahí estaba, dentro de un estuche, algo inclinado para facilitar su visión. Si no recuerdo mal, en una de aquellas intensas y fracasadas explicaciones, pude descifrar que ese extraño objeto cambió la vida de mi abuelo y, seguramente, es la causa de que hoy, en estos momentos, sea capaz de escribir este diario con ciertos aires de nostalgia. Es curioso, ¿por qué ahora?

Así es, ahora, casi un siglo después, este lápiz –o así creo que se llamaba la extraña herramienta del abuelo– vuelve a deshacer su afilada punta en la rugosa textura del papel. Ahora, ahora que los más afanados coleccionistas suplicarían de rodillas por hacerse con un artilugio tan sencillo, y al mismo tiempo tan obsoleto. Es ahora cuando he empezado a recordar aquellas explicaciones de papá; ahora que el ‘teclado’ mental ha sustituido al incómodo y antiguo teclado de ordenador, el cual también sustituyó, en su momento, a este bonito lápiz. Sin duda, ahora, puedo ratificar que nada surge del mero azar y, si hoy apreciamos nuestro presente, se lo debemos a todos aquellos que han luchado –muchos de ellos con un simple lápiz– por todo lo que hoy en día nos rodea. En fin, basta ya de reflexiones. Hoy he decidido escribir este diario a lápiz. Por suerte, compré hace unos días la última versión de las lentillas CopyandPaste. Espero que detecten mi desentrenada caligrafía y mi organizador automático pueda enviar la transcripción digital de estas páginas a mi diario electrónico.

Resulta bastante obvio el sentimiento de reflexión que hoy inunda mi mente. Posiblemente, sea consecuencia de la incompetencia que desde hace unos meses siento en mi puesto de trabajo. ¿Quién diablos programa los drones de inspección? Acabo de desconectar el aula virtual y no paro de darle vueltas a la cabeza. ¿En serio creen que voy a utilizar el docente 8.0, el robot didáctico, en alguna de mis asignaturas? Sinceramente, lo pondré en práctica, tal vez, en Conocimiento del Medio Digital. Puede resultar de gran ayuda para poder aprovechar al máximo los escasos 30 minutos de clase. Pero, aún así, lo veo algo excesivo y un gasto innecesario. Además, todavía estamos probando los últimos modelos del pupitre electrónico. Por cierto, retomando mis aires nostálgicos, creo recordar que las clases de mi abuelo tenían una duración de 50 minutos. Quizás, si fuera así, no tendría estos dilemas…

–Esto es todo estudiantes, aquí tenemos un pequeño fragmento de una de las críticas más discutidas del siglo XXII– afirmó con su característico entusiasmo digital el docente 14.0 – ¿Quién quiere aportar su reflexión sobre este escrito?

–Profesor, desde mi punto de vista… ¡Esperen, que alguien está llamando a la puerta de casa!– exclamó Hugo mientras se levantaba de su sillón y se alejaba rápidamente de su escritorio. –Ya estoy aquí. Sinceramente, desde mi punto de vista, por mucho o poco que nos guste algo, nada permanece en el tiempo con la misma fuerza con la que lo hizo al principio. Como bien escribió el maestro y autor de este viejo escrito, la historia de nuestra existencia es como un gran reloj de arena; un reloj que deja caer, poco a poco, y algunas veces con más cautela que otras, cada uno de los pequeños granos que lo componen, enterrando, al mismo tiempo, a todos aquellos que van quedando atrás–comentó Hugo con cierto desahogo.

–Sin duda Hugo– afirmó el docente 14.0. –No obstante, nunca debemos olvidar ese pasado, de dónde venimos y cómo hemos llegado hasta aquí. Pero, ante todo, tampoco debemos renegar lo que la sociedad actual nos aporta. Un buen maestro debe adaptarse al contexto del estudiante y hacer todo lo posible para actualizar su metodología y su forma de afrontar el día a día. Así, y solo así, un docente podrá aprender de sus antiguos errores y atreverse en el descubrimiento de nuevas técnicas de trabajo– recalcó firmemente el docente 14.0. –Espero que lo que hayáis aprendido hoy lo grabéis bien en vuestro disco duro y os sirva como futuros docentes que sois. Y recordad, si tenéis alguna duda, no dudéis en usar el holograma de vuestro tutorial watch; os responderé al instante, con la mayor precisión y brevedad.


Apagando aula digital en 3, 2, 1…

miércoles, 6 de abril de 2016

The Teacher's Teacher

Una amplia sonrisa asomaba a mi semblante y se pronunciaba todavía más cada vez que recordaba la aventura que me esperaba: todo el espacio y el tiempo por recorrer, mil universos por descubrir.
Y, en todas las andaduras, siempre un elemento común, el aliciente principal: el Doctor. Y es que uno no se adentra en un museo que desconoce sin un guía. La experiencia es siempre mejor con un "Cicerone" que aporte luz donde la mirada inexperta solo halla oscuridad.
- Clara, Clara... - Dijo con una traviesa sonrisa mientras yo entraba a la Tardis. Alargó la pausa para disfrutar la anticipación al resto de lo que ambos sabíamos que iba a decir, lo que siempre dice y a mí me gusta tanto oír.- ¿Dónde vamos?

Mi sonrisa ya no podía ser más grande. El Doctor tomó los mandos de la Tardis y tocó decenas de variopintos artilugios -siempre he sospechado que hasta él ignora qué es lo que hacen- y en un instante estábamos en la actualidad y al siguiente en un destino incógnito y remoto.
- Creo que te gustará lo que vas a ver, Clara. ¿Sabes...? Te he llevado al espacio, hemos estado en un submarino de la Unión Soviética, vimos los Anillos de Akhaten... Y sin embargo nunca te he enseñado cómo será tu oficio en el futuro.

El Doctor abrió la puerta y una blanca e imponente luz inundó la estancia de la consola principal de la Tardis.
- ¡Bienvenida a Coal Hill, año 2063!

Quedé completamente pasmada al ver mi lugar habitual de trabajo unas décadas en el futuro: era el mismo edificio pero distinto. Me resultaba asombroso cómo en tan pocos años podía avanzar todo tanto: todo había cambiado pero todo estaba igual. Y entre todos los cambios encontré algo que siempre había estado allí: la entrada principal con el mismo cartel de siempre. Al ver ese detalle me sentí como en casa a pesar de estar muchos años en el futuro: por muchos cambios que se produzcan siempre debe haber un respeto por la esencia para que no se pierda el valor original.

Al acceder al interior fuimos testigos de las más diversas maravillas: en una clase, los alumnos llevaban cascos, parecidos a las gafas de realidad virtual, y aprendían Historia como testigos presenciales del acontecimiento histórico. En otra, los chicos diseñaban artilugios de alta tecnología mediante un sistema de proyección que mostraba el prototipo en 3D y en tiempo real, suspendido en el aire frente a sus diseñadores. Incluso vimos cómo todos los estudiantes de todas las edades contaban con una especie de carpeta electrónica con acceso a una red de conocimiento global a través de la cual podían descargar paquetes de conocimiento directamente a un dispositivo que llevaban alrededor de su cabeza. Pero, ante todo, siempre encontramos en cada clase, fuera cual fuese la materia, dejando al margen los sorprendentes avances tecnológicos, un elemento recurrente y muy familiar: un profesor.
- Gracias por haberme traído aquí, Doctor. Me ha servido para confirmar algo que siempre he sospechado... - dije al Doctor- y es que pase el tiempo que pase, por mucho que transcurran los eones y mejore la tecnología, siempre necesitaremos maestros que nos guíen por los senderos desconocidos.

Mis ojos se anegaron de lágrimas mientras el Doctor comprendía lo que le acababa de decir. Contuvo la emoción y nuestras miradas se cruzaron reconociendo, cada uno en el otro, a su maestro de la vida. Sin necesidad de decir nada, caminamos de vuelta a la Tardis, mientras nuestras sonrisas se ampliaron hasta el infinito.

martes, 5 de abril de 2016

Aprendiendo en el 2030


¡Hola a todos! Soy Leire y es la hora de grabar mi diario en la grabadora de voz. Me encanta contar todo lo que hago cada día para poder enseñarlo en el futuro y ver cómo evolucionamos. A mí me encanta ir al cole porque aprendemos muchas cosas y conocemos sitios mágicos. Pues bien, ¡comencemos!

Sesión 30. Hoy hemos estudiado una Comunidad nueva. Le tocaba a Eric elegir en el mapa de España. La seño ha abierto la pantalla, ha puesto el mapa y Eric con su dedo mágico ha tocado… ¡Andalucía! Inmediatamente, la clase se ha transformado: se han cambiado las paredes, mesas y sillas por un entorno virtual muy real, era como si de verdad estuviéramos en las montañas. Primero, hemos visto el río Guadalquivir, que desemboca en el Océano Atlántico y, además, hemos visto que tiene muchísimos afluentes. Después, la seño quería enseñarnos algunos lugares característicos de Andalucía y la clase se ha transformado en Sierra Nevada. ¡Ha sido maravilloso! Yo nunca había visto la nieve. Y, finalmente, hemos realizado una visita virtual a la Catedral de Sevilla, me ha gustado mucho porque hemos recorrido su interior mientras la seño nos explicaba las cosas más importantes. Ha sido muy divertido que nuestra clase se convierta en todos estos sitios. Otro día, la seño nos ha dicho que conoceremos las diferentes provincias de esta Comunidad.

Pero aquí no se ha terminado la diversión. En Lengua y literatura, la seño ha elegido un libro y hemos jugado con el texto, ¡ha sido una experiencia increíble! ¡Yo nunca había estado dentro de un libro jugando con las palabras! Hemos aprendido a diferenciar entre oración, párrafo y texto. La seño nos ha dividido en equipos y a mí me ha tocado con Izan, Emma y Dylan. Cada equipo éramos una oración y nos íbamos juntando con otras oraciones para formar párrafos. Y, por último, nos hemos juntado todas las oraciones y éramos un texto. Como los textos esos de los cuentos que leo en casa.


La seño ha dicho que mañana que vamos a hacer unas olimpiadas en las que vamos a aprender Ciencias Sociales y Matemáticas al mismo tiempo que hacemos Educación Física. ¡Qué ganas tengo de que sea mañana ya y aprender mucho más!