Mis primeras andanzas con la literatura
quizá fueron un tanto peculiares. Yo no escuchaba cuentos por las noches ni
tampoco los tenía para descubrirlos, pero sí había poesía, arte y vinilos. “Las
mejores poesías de la lengua española, del neoclasicismo al siglo XX”, este fue
el primer libro que leí a muy corta edad, que aunque fuera una lectura ardua
para una niña, recuerdo divertirme entonando e interpretando poemas junto a mi
padre.
A medida que gané fluidez y
comprensión lectora, vinieron los libros de la estantería del comedor.
Enciclopedias de medicina y de la fauna y flora, la expedición en el Beagle de Darwin y todos los libros de
arte, dibujo y pintura. Supongo entonces, que no es fruto del azar que sea un
tanto hipocondríaca, que a veces quiera más a los animales que a las personas, que
tenga ensoñaciones en las que viajo en busca de descubrimientos y que no haya
otra cosa que me conmueva más que la belleza y la poesía del arte.
Ya no quedaba nada más por casa
que pudiera leer y las instrucciones de la lavadora eran poco alentadoras, así
que aprovechando las esporádicas salidas a los grandes almacenes, comencé a
perderme en la sección de libros, y fue ahí donde vinieron los clásicos de Julio
Verne, Juana Spyri, Swift, Roald Dahl… Y mi favorita, mí querida Alicia y el
surrealismo de su país de las maravillas.
Los años pasaban y cada vez se
notaba más la poca “literalidad” de mi personalidad, siempre ensimismada entre
metáforas y paradojas. En esta transición las lecturas también me acompañaron,
buscando en ellas horizontes más complejos. Fue en este momento cuando llegó el
Principito, los mitos y leyendas sobre Dioses, los textos de teatro griego,
Stephen King, los retorcidos relatos de Poe y, por supuesto, nunca perdiendo de
vista la poesía de Benedetti, Cernuda, Vicente Aleixandre o Neruda.

No fue hasta hace unos años que
descubrí el mundo de los cuentos infantiles y álbumes ilustrados y he de decir que
me encanta leer cuentos como si fuera una niña. Sospecho que, como siempre, lo
he hecho todo del revés; comencé leyendo cosas de mayores y ahora, a punto de
los 26, me emociono con cosas de 6.