Un
bonito día de primavera, Marina, se levantó regocijante y muy alegre. De hecho,
incluso antes de que la despertara su padre para ir a la escuela. Corrió a
buscarlo por toda la casa hasta que lo encontró en la cocina preparando el
delicioso desayuno de todos los días.
-
¡Papá, papá!
-
¿Qué pasa, Marina?
-
¡He tenido un sueño muy bonito y divertido!
-
Ah, ¿Sí? ¿Quieres contármelo mientras desayunamos?
-
¡Sí! Resulta, que en mi sueño los niños iban a la escuela en naves, iban
volando por el espacio sin necesidad de caminar. ¡Parecía muy divertido, papá! Y
en el colegio, las profesoras y los profesores no mandaban tareas.
-
¿No tenían deberes los niños y las niñas?
-No,
papá. Los deberes se hacían en la escuela. ¡Y no veas lo divertido que era! Los
niños flotaban como en una nube mientras hacían las tareas de clase o leían un
libro. ¡Había una gran biblioteca de libros! Y eran mágicos…
-
¿Mágicos? ¿Y por qué eran mágicos, Marina?
-
Pues papá, porque en esa escuela podían viajar hacia otros lugares y visitar el
cuento de Blancanieves, la Cenicienta… ¡Podían viajar y conocer a sus
personajes favoritos!
-
Qué bien, los libros son muy bonitos. Por eso, tal vez aquellos niños y niñas
leían mucho.
-
¡Sí! ¿Y sabes otra cosa, papá?
-
¿Qué? ¿Todavía hay más?
-
Claro, papá. En aquella escuela, los niños y niñas eran amigos unos de otros y
si peleaban en algún momento, la maestra no les castigaba ni se enfadaba, hacía
un juego en el que debían de decir cosas positivas y bonitas del otro compañero
o compañera. Luego se debían dar un beso.
-
Vaya, qué juego tan interesante, Marina.
-
Sí, ojalá que cuando me haga más grande las escuelas sean como ésta porque
allí, en el espacio, aprendían jugando, aprendían soñando.
Y
aquel día, Marina, contó a todos sus amigos el fantástico sueño que había
tenido, un sueño que esperaba que en un futuro no muy lejano se hiciera
realidad… ¡Quién sabe!
